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miércoles, 29 de abril de 2009

Javier Ortiz



Un día después de la muerte de Javier Ortiz, leo este hermoso artículo que escribió para EL MUNDO el 14 de abril de 1995, casualmente, el día en que mi padre cumplió 50 años:


Sueño con Jamaica

Sueño con Jamaica. Estoy sentado detrás de una mesa negra, rodeado de papeles, delante de una pared de la que cuelgan fotografías de desolación y soledad, entre proyectos de artículos y pilas de opinión que me reclaman. Y estoy volando hacia Jamaica.

La pantalla de fósforo verde me mira adusta. Me está pidiendo impaciente su ración cotidiana de formatos y de claves. Pero hoy –¿qué me pasa?– sólo veo en ella reflejos de espuma blanca sobre un mar de azul intenso. Un mar bajo el sol: bajo ese fiero sol de pasión que ilumina eternamente el puerto de Kingston, en Jamaica.

Sueño con Jamaica. Jamaica es una isla (no sé por qué os lo cuento, si ya lo sabéis); Jamaica es una isla primitiva, anárquica y bellísima, con casas de hojalata que desembocan en largas playas de arena fina y blanca. En Jamaica todo está por hacer, y uno puede vivir con la esperanza en la punta de los dedos, pensando que todo es aún posible y que el futuro existe. Y las gentes son sencillas, y sus sentimientos, espontáneos y directos, y hasta los asesinos son capaces de explicar lo que hacen sin recurrir a teorías sociológicas o sesudos estudios de mercado: matan –ya veis, qué cosas–, y matan porque odian y porque aman, y esos es todo, y nadie le da más vueltas.

En Jamaica, el tiempo no cuenta apenas nada. La gente es tranquila e impuntual, y muy pocos son los que admiten que les impongan una cita: ellos quedan y, al final, aparecen, pero no miran el reloj ni se preocupan por horarios.

Sueño con Jamaica, y en la Jamaica en la que yo sueño nadie se levanta la voz, y el ruido es sólo algarabía callejera, y los policías no dan miedo, aunque asusten un poco con los ruidosos piropos que lanzan a las muchachas que circulan en bicicleta y a las que el aire levanta sus faldas de mil colores.

Tal vez esa Jamaica en la que estoy soñando no exista. Tal vez esto que os estoy contando sea sólo el fruto de películas y carteles de turismo asomados a los escaparates de las agencias de viaje.

Nunca he estado en Jamaica, y es probable que nunca la vea. Me da igual. Mejor que sea así.

Mi Jamaica, esta Jamaica en la que hoy sueño, me vale porque es quimera, porque ocupa el espacio del no-aquí, porque me ayuda a imaginar que podríamos ser otros.

Y sueño, y me voy a Jamaica para mejor sentir mi distancia ante lo que veo: calles grises, gente triste. Y sueño con Jamaica para reclamar de mi más alegría, para pensar que todos podemos romper con todo, que somos capaces de no acudir puntuales a las citas, de reírnos de los estudios sociológicos que explican la muerte, de creer que el porvenir que nos espera no está condenado a ser de por vida un tiempo para el llanto.
Jamaica o muerte. Venceremos.

lunes, 14 de abril de 2008

Cumpleaños de mi padre

Hoy mi padre cumpliría 63 años, nació el día de la República. A finales del mes pasado hizo tres años que murió.
Me parece imposible que haga tanto tiempo que no lo veo.

viernes, 30 de noviembre de 2007

martes, 27 de noviembre de 2007

La señora Gómez Botrán

La señora Gómez Botrán llamó a casa hace unos meses preguntando por mi padre, únicamente lo conocía por la compra del panteón de sus padres (mi padre era marmolista). Cuando le dije que mi padre había fallecido y terminó la conversación imaginé que no volveríamos a saber de ella, pero nada más lejos de la realidad, las llamadas de la señora Gómez Botrán se han vuelto diarias e incluso más de una en el mismo día. Sólo habla con mi madre y siempre dice lo mismo: "estoy muy sóla, llámame, Alicia... yo trabajé en la embajada de Zurich y ahora estoy aquí tirada como perro en una residencia, mi hija vive en Suiza y no me viene a ver nunca".
Ella dice que está sóla en una residencia de ancianos pero en mi mente la señora Gómez Botrán resiste en la almohadillada habitación de algún manicomio perdido entre las blanquecinas brumas del olvido.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Cosa Nostra


Hoy cuando mi hermano Diego rebuscaba en viejos recortes de periódico, apareció el obituario de Tomaso Bucetta, el primer capo mafioso que colaboró abiertamente con la justicia y que hizo que entrará la luz donde se desconocía hasta el más mínimo detalle de la organización.
En mi familia somo admiradores de la historia mafiosa (únicamente la parte masculina) mi padre, Diego, Pablo y yo hemos visto en innumerables ocasiones El Padrino, Uno de los nuestros, documentales como el fántástico: Familias macabras o programas más centrados en figuras mafiosas como Al Capone o sobre la historia de la mafia americana, italiana, alemana... Seguimos con interés las detenciones que se producen (generalmente en la mafia italiana) como las más recientes de Bernardo Provenzano o Salvatore LoPiccolo y su hijo.
Hace algunos años me hubiera gustado que mi padre hubiera sido un capo de la mafia para continuar con la familia. Menos mal que mi padre era marmolista.



viernes, 2 de noviembre de 2007

1 de noviembre

Ayer estuve ayudando a hacer unos buñuelos a mi madre como manda la tradición, (no de que yo ayude sino de comer buñuelos el día de los Santos) al estilo de mi abuela Amparito. Mientras daba forma a la masa, Alicia preparaba en un plato canela y azúcar con lo que luego untaría los buñuelos. El cielo era azul y el sol llegaba a todos los rincones.
Al mediodía subimos un centro al panteón de mi padre.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Vuelta de la fiebre


Después de varios días de convalecencia vuelvo al blog ya recuperado de la fiebre y aún con una especie de cansancio y dolor de espalda que ya no tardarán en dejarme, sin mucho que decir: la sorprendente victoria de Raikkonen en la fórmula 1, la fantástica remodelación de El País (con tilde en su nuevo formato) son lo único que se me ocurren a estos horarios de la mañana de un miércoles que al menos desde mi ventana se presenta bastante gris, un día lóbrego como decía mi padre, un día que por el devenir de la vida va unido a la portada grisácea del disco de mi hermano Diego que se presenta esta tarde en Valladolid.


sábado, 8 de septiembre de 2007

La broma infinita


Ayer por la mañana mientras mi sobrino dormía como un angelito en la cuna de viaje instalada en el salón de casa, un libro enorme envuelto en papel de regalo se acercaba hacía mí inexorablemente. Cuando ya estaba preparado para lanzar una patada brutal a esa mole, atisbé, tras él, la silueta de mi hermano Diego, cruzando el salón con todo el sigilo que le permitía llevar un bicharraco de 200 o 300 kilos entre las manos. Mi sorpresa fue mayor, cuando al abrirlo, descubrí que era un libro que yo mismo había pedido en la librería de Manuel hacía un par de semanas, sin saber nada de él, sólo alentado por una recomendación que sobre él hacía Luis Gordillo (último ganador del prestigioso Premio Velázquez). El libro en cuestión no es otro que La broma infinita (de más de 1200 páginas) del escritor americano David Foster Wallace, del que hace algún tiempo compré un libro de artículos, Hablemos de langostas. Hace unos minutos, después de haber comido, he decidido que voy a leerlo. Ahora me debato entre contratar una grúa para que me lo sostenga o utilizar la carretilla elevadora que tenía mi padre en el taller; no sé, ya os contaré.
Tan sólo espero que la broma, además de infinita, no me salga demasiado cara.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Tedio vital


Hay días en los que uno se siente aburrido, en los que nada importa demasiado, como en una especie de trance tedioso y deprimente. Esto me pasa a menudo desde que murió mi padre (precisamente hace 29 meses). Hoy siento esa apatía que me aisla de todo, que hace que nada me interese, ni siquiera aquello con lo que disfruto normalmente.

Mañana, cuando mi sobrino Pablo entre por la puerta, nada de esto tendrá ningún sentido.

1. Nuevas fotos de Borja
2. El paseante del Champ de Mars por Diego Fernández Magdaleno